A Pepe Román.
Una vez, después de acabar el colegio, te dije que no
sabíamos cómo llamarte: Pepe, D. José, José… que todos los nombres nos sonaban
raros, entonces tú nos dijiste ¿y cómo me has llamado siempre? ¡Pues maestro!
Ahí supe que te seguiría llamando así, porque has sido, eres y serás MI MAESTRO.
Dicen que un niño, un lápiz, un libro y un maestro pueden
cambiar el mundo. Quizás no lo has podido cambiar por completo, ¡pero has hecho
tantas cosas para convertirlo en un lugar mejor!
Es difícil encontrar palabras cuando se va alguien tan
grande, pero sé que a todos nos queda el consuelo de entender que no te vas del
todo, que tanto como has sembrado dará sus frutos, seguro que ya los está
dando. Y tú seguirás siempre vivo en ellos.
Podría decir que marcaste nuestra infancia, y es verdad,
pero también puedo decir que has marcado mi vida, y no exagero ni un ápice. Yo
no creo en las casualidades, y si tuve la inmensa suerte de ser tu alumna, fue
porque tenía que ser así. Gracias. Gracias porque hace ya casi diez años que
salí del colegio, y a día de hoy, aún no he dejado de aprender de ti.
Un docente ya es bueno cuando hace que los niños comprendan,
que se diviertan, y que además deseen aprender, y tú todo esto lo hacías, y yo era
muy consciente de ello. De lo que no era tan consciente era de que tus
enseñanzas iban a ir cobrando mayor sentido si cabe, a medida que el tiempo iba
pasando. ¡Ya hace unos años que las letras de Artesonado cobraron un nuevo significado en mi vida! ¿Sabes qué? A
veces me dicen que soy demasiado ilusa, que tengo demasiada fe en el mundo,
entonces canto está canción “La utopía es realidad (…) Vamos todos a unirnos,
vamos, todos unidos…” y sé que se equivocan.
Además, casi voy a acabar la carrera, y sigo pensando que lo
que estudio ahora no dista tanto de tus famosos “detectives de palabras”, que
en los comentarios de poesía está la base de cada cuento que escribí en tus
clases… Por todo esto, tú nunca has sido
solo un buen docente.
No sé qué sería de mí ahora si no hubiera escuchado
impaciente la historia de Patinete,
si tú no me hubieras transmitido ese amor por los libros, por el arte. Contigo
aprendí a viajar leyendo, a soñar escribiendo; y nunca voy a dejar de hacerlo. Y en cada cosa que escriba habrá un poco de
ti, no puede ser de otra forma.
Nos dejas demasiado tristes maestro, no te gustaba que
llorara tanto, pero hoy es imposible no hacerlo. Los libros también lloran, y
los cuentos. No consigo asimilar que ya no recibiré en el correo el ansiado “Sacapuntas”,
que ya no voy a escuchar más tus consejos…
Espero ser algún día un poco como tú. Te admiro y te quiero
muchísimo, y quizás nunca te lo he dicho. Pero sé que lo sabías.
Gracias, gracias, y mil gracias.
Nos volveremos a ver, y yo seguiré siendo la alumna, y tú mi
maestro.
Ahora, descansa.