Cuando nacemos, nuestra mente es como un conjunto de piezas
de rompecabezas que aún nadie ha sacado del envoltorio.
A medida que vamos creciendo, esas piezas comienzan a
unirse, pero no por sí solas, son otras personas, otras circunstancias las que
se encargan de ello.
El resultado es lo que somos, o al menos, lo que creemos ser.
Y digo creemos, porque estamos firmemente convencidos de ello, pues juraríamos
que las piezas están cada una en su sitio y que no existe posibilidad de que
encajen en otra parte.
Después, otras personas, otras circunstancias desarman de un
golpe todo ese puzzle que tanto tiempo había tardado en ser terminado.
Reaccionamos rápido, y descubrimos que aquello que lo armó
en su momento puede volver a dejarlo exactamente igual.
Pero entonces… algo
falla, las piezas no se pegan, se caen, se vuelven a desarmar por el mismo
golpe que antes, y así una y otra vez, hasta que caigamos en la cuenta de que
la solución no está en volver a ponerlas en el mismo sitio, ni tampoco en
dejarlas donde hayan caído, sino que la solución es que nosotros mismos seamos
capaces de armar ese rompecabezas, y seamos los que elijamos qué mover, y qué
dejar como estaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario